miércoles, 16 de febrero de 2011

2. FORMACIÓN PROFESIONAL Y DESARROLLO DE LA PERSONA

¿Puede la Formación Profesional ayudar a la persona, poniéndola como centro de esa formación, a desarrollar su humanismo?

Es un hecho palpable que la formación tiene un carácter estratégico de primera magnitud para las empresas y para las políticas de empleo de cualquier país. Lo que ya me plantea dudas es, si tal y como está diseñada esta formación –y en concreto la Formación Profesional- tiene también un carácter estratégico de primera magnitud para ayudar al desarrollo de valores humanos.

Permítanme que haga un breve análisis de la situación en cuatro hechos, y perdónenme si cargo las tintas en los aspectos negativos. Mi intención es que, detectado el mal, apliquemos el tratamiento para su curación.

Hecho 1º
Hoy, y facilitado por la situación de crisis, con cifras de desempleados alarmantes, bastantes jóvenes buscan una formación rápida que les enseñe “a hacer” con el mínimo esfuerzo. Una gran mayoría de estos jóvenes rehúyen la reflexión, considerándola una pérdida de tiempo. Desean ganar dinero cuanto antes –para gastárselo también cuanto antes-. De esta forma se consiguen “cabezas bien llenas pero poco hechas”. A esto contribuye, en mi opinión, el actual sistema educativo en la Formación Profesional.

Si hacemos un recorrido por el desarrollo curricular de las distintas familias profesionales veremos que está orientado, prácticamente en su totalidad, a la productividad: perfil profesional, cualificación profesional, capacidad profesional, etc; en algunas familias, como por ejemplo Realizaciones Audiovisuales y Espectáculos hay un punto que enuncia “Actitudes y Valores predominantes” y que hace referencia a: respeto por la normativa legal y de convivencia, precisión en el lenguaje, esfuerzo y precisión en el trabajo, responsabilidad en el uso de instalaciones y medios materiales, iniciativa de propuesta de mejoras, aceptación de cambio y autoevaluación. Y yo me pregunto ¿esto es Actitudes y Valores predominantes? Pero admitiendo que, al menos, es algo, mi sorpresa sigue aumentado cuando al revisar los criterios de evaluación no aparece ni un solo criterio referido a esas actitudes y valores. Evidentemente, no he revisado todos los desarrollos curriculares de los 75 ciclos formativos de Grado Medio ni los 92 ciclos formativos de Grado Superior (en total 167 ciclos formativos…) que configuran la actual Formación Profesional pero mucho me temo que se seguirá el mismo criterio y estoy dispuesto a rectificar si se me demuestra que estoy equivocado.

Hecho 2º
El Consejo Europeo, reunido en Luxemburgo en 1997 para establecer políticas de empleo, se refería a la formación como:
a)      Medio para la adaptación de los trabajadores y empresas (refiriéndose a la formación continua)
b)      Medio para mejorar la capacidad de inserción profesional (refiriéndose a la formación reglada y a la ocupacional)
c)      Medio para desarrollar el espíritu de empresa
d)      Medio para reforzar la política de igualdad de oportunidades

Como puede observarse, no parece que la formación en valores sea importante. Lo que, en mi criterio, vuelve a presentar una visión reduccionista del desarrollo de la persona.

Hecho 3º
El instituto Federal de FP de Alemania, ha pasado una encuesta a expertos en formación profesional del sector de la imprenta y los medios de comunicación para desarrollar, a partir de ese estudio, un futuro sistema de formación continua.

De los 49 ítems formulados, no he encontrado ni uno solo que esté referido a valores para el desarrollo de la persona. Todos están referidos a la importancia de las cualificaciones, a las capacidades para trabajar y ejecutar proyectos, disponibilidad para la formación continua, aprendizaje de las nuevas tecnologías, a las ofertas de trabajo, ascensos, etc. Etc. Eso sí, hay un apartado abierto para opiniones o sugerencias que se deseen comunicar...

En la misma línea se pronuncia la European Training Foundation en la pág. 45 de su documento “Hipótesis y estrategias de futuro para la formación profesional y la formación permanente en Europa”.

Hecho 4º
Por no cansarles más, citaré un último hecho: organizado por el CEDEFOP (Centro Europeo para el Desarrollo de la FP) se celebraron en Salónica unas jornadas para analizar la siguiente cuestión “¿Merecen la pena la educación y la FP? Pues bien, la presentación de estas jornadas se enuncia con el siguiente párrafo:
“La educación y la formación profesional cuestan dinero. Mucho dinero. Pero también favorecen el rendimiento económico de la empresa. Son útiles pues, tanto para la sociedad en su conjunto como para la persona individual…”
Volvemos a observar el carácter únicamente, o al menos principalmente, mercantilista de la formación.

Llegado a este momento, me atrevo a poner en su consideración algunas cuestiones:

1ª) ¿Es posible la compatibilidad de los hechos presentados anteriormente –que, por supuesto, son necesarios para la supervivencia de la empresa y que comparto plenamente- con una orientación para la adquisición de valores?
En  mi opinión, no solo es compatible sino que, además, los educadores y formadores que creemos en la dignidad humana tenemos la grave responsabilidad de hacerlo posible. Para ello, lo primero es que el centro educativo asuma ese planteamiento en su ideario y ponga los medios necesarios para llevarlo a cabo: tutorías verdaderamente personalizadas, conferencias periódicas con ponente de prestigio que estén relacionados con la actividad profesional que cursan los alumnos, formación del profesorado...

2ª) ¿Qué valores inculcar?
La respuesta a esta pregunta tiene mucho que ver con el infinito: ¿Cuántos y cuáles? ¿Por qué unos y no otros?

Todos los valores, por el hecho de serlo, si me permiten la redundancia: valen. Cada centro debe establecer las prioridades (si se puede decir así al hablar de valores), pero la Formación Profesional es un marco extraordinario para que en el desarrollo de las distintas actividades de aprendizaje estén inmersos valores como: responsabilidad, trabajo bien hecho, lealtad, ética, compañerismo, orden, importancia de las cosas pequeñas, de lo ordinario, esfuerzo, autosuperación, etc; son los que deben estar presentes –además de las habilidades, competencias, cualificación, etc.- en los criterios de evaluación, en las tutorías personales, en el ejemplo del profesor al impartir su clase...

Los centros que apuesten por la excelencia educativa y formativa, poniendo al hombre en el centro de esa excelencia, deberían ser un referente a la hora de formar parte en una red de Centros de Referencia Nacional.

3ª) ¿Y la empresa, qué papel juega?
En el currículo de cada ciclo formativo, hay un módulo obligatorio de formación en centros de trabajo (unas 400 horas, depende de los ciclos). Para la asignación de nuestros alumnos a las empresas ¿no deberíamos tener también en cuenta la selección de esas empresas, aplicando criterios coherentes con el estilo educativo del centro? ¿Cómo se trata a los empleados en esa empresa? ¿Qué concepto se tiene de ella? ¿Qué productos fabrica o distribuyen?...

Para finalizar, permítanme una última reflexión: si un centro de formación no es capaz de inculcar a los alumnos un humanismo trascendente, se limitará a una formación fácilmente sustituible por medios telemáticos presenciales o a distancia; y si una empresa no ve en ella a personas, sino simplemente instrumentos productivos, no es de extrañar que el absentismo y la “huida” de buenos profesionales estén a la orden del día en esa empresa.

Antonio Ares Rodríguez